¿Quién es ese Pokémon?

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Investigaciones recientes han señalado que la fiebre por los simpáticos personajes de Pokémon no es –valga la redundancia– reciente. Hace pocas semanas, arqueólogos japoneses hallaron un registro de esos seres en el antiguo México, lo cual ha hecho pensar que en realidad la existencia de esas enigmáticas criaturas no es nueva, ni es una invención de las historietas japonesas –para la mala fortuna de dichos arqueólogos que, no está de más decirlo, eran muy nacionalistas–, sino que viene de tiempos remotos, de una civilización tan vetusta como la mexica, y quizá desde más antes.

En los códices Tudela –conservado en el Museo de América de Madrid– y Magliabechiano –en la Biblioteca Nacional de Florencia–, ambos del siglo XVI, se halla una imagen que desconcertó a los estudiosos: un ser zoomorfo (como los famosos Pokémon) rodeado de lo que parecen ser las llamadas pokebolas, donde se resguardan este tipo de criaturas.

Para ampliar más el misterio, se dice que la imagen corresponde a una manta ritual de Mictlantecuhtli, conocido como el dios del inframundo o “señor del lugar de los muertos” en la cosmovisión mexica, lo cual concuerda con los trabajos que señalan que dichos códices son primordialmente referentes a la religión azteca. Estos descubrimientos que muchos historiadores y arqueólogos habían pasado desapercibidos han derivado en múltiples cuestionamientos sobre los Pokémon: ¿quiénes son en verdad estos seres?, ¿desde cuándo existen?, ¿son dioses o semidioses dentro de ciertas culturas antiguas?, ¿qué poderes tienen?, ¿cuál es su finalidad en este mundo?, pero sobre todo: ¿quién es ese Pokémon que aparece en la figura?

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Réquiem por Lalo Tex

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El lunes 18 de enero de 2016 al navegar en la red me encontré con un cartel que anunciaba el inicio de algo que nunca empezó: la gira de treinta años de trayectoria artística del grupo de rock Tex-Tex. Horas más tarde recibí la llamada de un amigo. El motivo, triste y desdichado: el Muñeco Mayor, vocalista y guitarrista de la banda, dejaba este mundo, tal vez para iniciar una vida entre castillos españoles.

De 56 años de edad, Everardo Mujica, nombre constatado en el acta de nacimiento del mejor conocido como Lalo Tex, era un hombre muy mexicano. Podría decirse que era un paradigma del macho mexicano moderno (aunque no era tan joven). Un personaje seguro de sí mismo, talentoso y con una habilidad para resultar familiar y agradable a cualquier persona que lo conociera. No por nada tuvo el bien ganado apodo de “el Ricky Martin del Rock”.

Tuve la fortuna de saludarlo un par de veces, yo como fanático de la agrupación y él en la posición de estrella de rock. Ese día me dio un par de consejos domésticos para que la pareja nunca se negara al acto del amor. Recuerdo que me dijo: “Luego dicen que uno es mandilón, pero la neta hay que llevar el gasto porque después te niegan aquellito y ahí es cuando se sufre, por eso es mejor llevar la fiesta en paz, aunque los demás crean que tú no mandas”.

Ese acercamiento fue en un concierto en las Islas de Ciudad Universitaria. Yo tenía 15 años y le pedí un autógrafo. Él tomó el papel, lo rayó con su pluma y con una sonrisa me entregó la rúbrica. No era la primera vez que veía una presentación de Tex-Tex en vivo, pero en esa ocasión me di cuenta que una persona puede tener tanta gracia que después de contar el mismo chiste veinte veces sigue arrancándote una carcajada.

A principios de los años ochenta del siglo pasado, el rock en México entró en una etapa “oscura”. No había muchas bandas y no había lugares donde tocar; los hoyos funkies habían quedado atrás y para ningún empresario era prioridad este género. Pero a mediados de esa década surgieron jóvenes con mucho talento que con el tiempo consolidaron una carrera y han posicionado temas en la mente de muchos mexicanos. En esos años se compusieron canciones como “Morenaza” de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, o “Mátenme porque me muero” de Caifanes. También en ese tiempo los hermanos Mujica, provenientes de Tlaxcala, iniciaron su carrera musical como Tex-Tex.

Ver a una agrupación de rock subir al escenario con sombreros y botas al estilo de los intérpretes de canciones gruperas llenaba de dudas y curiosidad sobre lo que uno estaba a punto de presenciar. Sin embargo, lo mejor del espectáculo era que, al frente de esa banda, un hombre lleno de carisma regalaba alegría al público.

Lalo era un hombre sincero y así lo plasmaba en cada una de sus composiciones. Le hablaba a la gente sobre cosas cercanas y cotidianas, y la hacía reírse de su realidad. Le compuso canciones al artesano de la construcción, al amigo, a la amante, a la esposa, a la niña desubicada, al viejo rabo verde, a las paredes, a la masturbación, a los Reyes Magos, a la muerte, al vago, al desaparecido, al contrabandista, al alcohol, al dinero y a todo aquello con lo que vivimos a diario. Eso sí, siempre lograba arrancarnos una sonrisa, por más tristes que pudieran ser los temas de sus rolas.

Verlo en vivo era una catarsis única. Una experiencia que me dejó marcado en uno de sus conciertos fue hace alrededor de once años, en las canchas próximas a la Facultad de Ciencias de la UNAM, en Ciudad Universitaria. El cartel anunciaba varias bandas, pero pocas se presentaron, así como pocos fuimos los asistentes (tal vez porque la fecha del cartel estuvo equivocada; no sé ni cómo me atreví a ir). Éramos unas diecisiete personas frente al escenario. Al término de dos canciones y tres chascarrillos, había un grupo de unas ocho personas que escuchaban desde la puerta del foro. Lalo, con su estilo bromista, les dijo que no fueran tacaños y pagaran su entrada al concierto. Tras un par de canciones más, el grupo ya era como de doce. Entonces, Lalo sacó 100 pesos de su cartera y les dijo: “Ya no sean así, hagan la vaca para juntar aunque sea otros 50 pesos para que los dejen pasar. Yo les coopero estos 100”. La entrada costaba 25 pesos, pero a los organizadores no les importó: tomaron los 150 pesos y dejaron pasar a todos los escuchas distantes. Con esa acción, Lalo me dejó la enseñanza de que para disfrutar el rock no es necesario pretender vivir de él, sino dejar que el rock viva de nosotros.

La partida del Muñeco deja muerta una parte esencial del rock mexicano. Ya no está más entre nosotros ese personaje que rompió barreras, que subió al escenario principal del Vive Latino, del Auditorio Nacional, del Multiforo Alicia, de los bares y explanadas municipales, que alternó con bandas de todos los géneros derivados del rock, que colaboró con infinidad de artistas, que fue sincero.

El rock mexicano le debe mucho a Lalo Tex y estoy seguro que la historia no le quedará a deber. Eso sí, “en vida, señores, tiene que ser en vida, de nada sirven las flores en una tumba vacía y fría”, como decía cuando sonaba la canción “Castillos españoles”. Muñeco: sin duda nos vamos a acordar de ti…

Arturpunk @arturpunk

 

El origen de Santa Fe

ALONSO DE SANTA CRUZ (ATRIBUIDO), MAPA DE UPPSALA (DETALLE), CA. 1550-1555. BIBLIOTECA CAROLINA REDIVIVA DE LA UNIVERSIDAD DE UPPSALA, SUECIA
ALONSO DE SANTA CRUZ (ATRIBUIDO), MAPA DE LA CIUDAD DE MÉXICO (DETALLE), CA. 1550-1555. BIBLIOTECA CAROLINA REDIVIVA DE LA UNIVERSIDAD DE UPPSALA, SUECIA

Imaginemos que en 1532, a dos leguas (unos nueve kilómetros) hacia el poniente de la capital de Nueva España, entre lomas, barrancas, llanuras de tierra fértil, cuevas y agua abundante, se concreta una utopía –que en ese momento deja de serlo–: Santa Fe de México, el primer “hospital-pueblo” fundado por don Vasco de Quiroga.

En febrero de ese año, al oeste del cerro de Chapultepec, Vasco de Quiroga comenzó a comprar terrenos baldíos con sus ahorros y el sueldo que recibía como oidor, otros tantos le fueron donados, y entonces consiguió voluntarios indígenas para erigir las casas y la capilla que habrían de formar el nuevo hospital-pueblo.

Los primeros pobladores fueron parejas de jóvenes indígenas provenientes de Texcoco, recién conversos y matrimoniados conforme al ritual cristiano; más tarde llegaron a establecerse mexicas y otomíes. Santa Fe de los Altos –como le llamaron para diferenciarlo de Santa Fe de la Laguna, en Michoacán– en un principio albergó 120 familias y para 1557 ya contaba con más de 300 y casi dos mil habitantes (algunos calculan que su población alcanzó las 30 mil personas).

En Santa Fe todos conocían la agricultura desde niños porque era el medio de subsistencia fundamental, durante una jornada de seis horas sembraban frutas, hortalizas, maíz y trigo; aprendían oficios para ser autosuficientes; se enseñaba a leer y a escribir, canto y música; se daba tiempo para la recreación, el descanso y las fiestas, aunque no para el ocio insano; contaban con un hospital para atención de enfermos, casa-cuna y casa de huéspedes para viajeros. Todo aquel que llegaba al hospital-pueblo era atendido como de la familia; aquel que hacía mal, fuese borracho o muy perezoso, era expulsado.

El principal objetivo de Santa Fe era “civilizar” por medio de la fe católica, enseñar la doctrina basada en la caridad, la justicia, la misericordia y el desarrollo comunitario del pueblo que en conjunto era considerado una familia de iguales que se respetaban y vivían para cuidarse a ellos mismos.

Tata Vasco

ANÓNIMO, VASCO DE QUIROGA, SIGLO XVIII. PARROQUIA DE PÁTZCUARO, MICHOACÁN

ANÓNIMO, VASCO DE QUIROGA, SIGLO XVIII. PARROQUIA DE PÁTZCUARO, MICHOACÁN

El licenciado Vasco de Quiroga (1488-1565) había arribado al Nuevo Mundo una mañana de enero de 1531, como oidor (juez) de la Segunda Audiencia (gobierno de transición que antecedió al Virreinato), encargada de estudiar el territorio conquistado, escuchar los problemas de los nativos y proponer soluciones justas para restablecer el orden y acabar con los abusos y la avaricia de sus antecesores guiados por Nuño de Guzmán, el sustituto de Hernán Cortés al frente de la administración de la Nueva España.

Al llegar a estas tierras, Vasco de Quiroga encontró que los indígenas eran tratados como esclavos, despojados violentamente de sus bienes y vistos como seres inferiores, por lo que en agosto de 1531 propuso al Consejo de Indias fundar un lugar que favoreciera su desarrollo íntegro.

Los ideales de Vasco de Quiroga se enmarcaban en la decadencia del cristianismo europeo y su necesidad de reforma, la Utopía de Tomás Moro y la esperanza en una edad de oro cuyo campo de cultivo era la recién descubierta América: “Con mucha causa y razón este de acá se llama Nuevo Mundo […], porque es en gentes y en casi todo como fue aquel de la edad primera y de oro; [de los indígenas] se espera una muy grande y muy reformada Iglesia”.

Don Vasco admiró la sencillez de los indígenas, la humildad y la falta de codicia –en contraste con los españoles–, así como “el menosprecio de las cosas que tanto ama y quiere la gente de este nuestro mundo envejecido”. También vio en ellos una gran capacidad de adaptación y facilidad de aprendizaje; en cambio criticó su pereza y despreocupación, por lo cual planteó la educación, el amor al trabajo y la enseñanza de un oficio como solución.

La comprensión del otro fue su principio: entender la cultura nativa y su forma de apreciar la vida, aprender su lengua, tratarlos como iguales; pensó en una mezcla de valores que reunía lo bueno y desterraba lo malo tanto de los indígenas como de los europeos. Contrario a los primeros conquistadores, no quiso imponer nada por la fuerza, sino inculcar por medios pacíficos la fe cristina.

A finales de 1533 Vasco de Quiroga dejó la capital de la Nueva España, su modelo de hospital-pueblo lo trasladó a Michoacán y dejó en funciones su obra en la ciudad de México, que unos años después ya tenía enemigos que ambicionaban Santa Fe por ser una región rica en recursos naturales, que además se conducía de manera un tanto independiente de la autoridad virreinal.

El legado

Pero ¿qué nos ha dejado de ese pueblo el tiempo y el progreso voraz de la ciudad de México? ¿Qué nos queda de la época del llamado Tata Vasco y su primera obra en la Nueva España? En una barranca olvidada de la delegación Álvaro Obregón pervive la “ermita del bosque” –fundada en tiempos en que Vasco de Quiroga estuvo en Santa Fe–, donde se oraba y practicaba la vida contemplativa. Los restos de la capilla, ubicada a un costado de la parroquia de La Asunción (en el cruce de las calles Galeana y Corregidora), es un patrimonio histórico que las autoridades locales habían prometido entregar restaurado –con el apoyo del INAH– y abierto al público para enero de 2010.

ERMITA DE SANTA FE, CIUDAD DE MÉXICO

ERMITA DE SANTA FE, CIUDAD DE MÉXICO

¿Qué nos queda? El nombre de una calle, el origen de un pueblo hundido en la mancha urbana. Nos queda sólo la memoria: por eso ahora hablamos de Santa Fe de México y evocamos a su fundador: don Vasco de Quiroga.

Para conocer más:

  • Francisco Miranda, Vasco de Quiroga, varón universal, México, Jus, 2007
  • Vasco de Quiroga, La utopía en América, México, Promo Libro, 2003

Una primera versión de este texto se publicó en el número 35 de Relatos e historias en México.