SANTA FE, ORIGEN DE UN PUEBLO

En 1532, a dos leguas (unos nueve kilómetros) hacia el poniente de la capital de Nueva España, entre lomas, barrancas, llanuras de tierra fértil, cuevas y agua abundante, se concreta una utopía –que en ese momento deja de serlo–: Santa Fe de México, el primer “hospital-pueblo” fundado por don Vasco de Quiroga.


Al sureste del cerro de Chapultepec, Vasco de Quiroga (1488-1565) construyó –con la ayuda de los indígenas– un lugar donde la “hospitalidad” significaba dar alojamiento y ofrecer comida, educación, servicios de salud y trabajo a una comunidad que velara por el bienestar de todos sus miembros.


En Santa Fe, la agricultura era el medio de subsistencia; se enseñaba a leer y a escribir, canto y música, así como diversos oficios; había tiempo para la recreación y el descanso; contaban con un hospital para atención de enfermos, casa-cuna y casa de huéspedes para todo aquel que arribara al lugar; quien hacía mal, fuese borracho o perezoso, era expulsado. Se adoctrinaba en la fe católica y se civilizaba por medio de la caridad, la justicia y el desarrollo comunitario.


Pero ¿qué nos queda de ese pasado? El nombre de una calle, el origen de un pueblo hundido en la mancha urbana. Nos queda sólo la memoria: por eso ahora hablamos de Santa Fe de México y de su fundador: don Vasco de Quiroga, un hombre que se dedicó a comprender la forma de vida de los indígenas y su lengua, a tratarlos como iguales. Contrario a los primeros colonizadores, no quiso imponer nada por la fuerza, sino conquistar por medios pacíficos.


Pensemos ahora en Vasco de Quiroga, la calzada que a lo largo de sus más de siete kilómetros cruza Santa Fe, y en el año 2010 sufre exceso de tránsito: aunque no es anchurosa, por ella van y vienen cada día cientos de autobuses, camiones de carga, microbuses, taxis y autos particulares que se mueven por el poniente de la Ciudad de México. Es un camino en cuyas banquetas se disponen montones de comercios y puestos ambulantes. Una avenida que empieza con un puesto de tacos de guisado, a la altura de la Antigua Vía a La Venta, pasa –en dirección a Cuajimalpa– por el panteón civil amurallado por grafitis, casas (algunas derruidas y miserables), terrenos baldíos, la glorieta con un charco en medio y de superficie pastosa, bloques pedregosos, sucursales de empresas trasnacionales, airosos edificios, la Ibero, grandes torres, banquetas bien pintadas, señalización tipo carretera, fastuosos hoteles… y termina bonitamente entre hileras de árboles delicados, una lujosa zona residencial y la gran plaza comercial, aunque en el último rincón de Vasco de Quiroga se esconde la polvosa base de autobuses RTP, rodeada por una colinita a medio derruir por máquinas de la construcción.


¿Qué nos queda de la época de Tata Vasco y su primera obra en la Nueva España? En una barranca olvidada pervive la “ermita del bosque” donde Vasco de Quiroga oraba, meditaba y practicaba su vida contemplativa cuando estuvo en Santa Fe, patrimonio histórico que el delegado de Álvaro Obregón, Eduardo Santillán, prometió entregar restaurado –con el apoyo del INAH– y abierto al público para enero de este año… En Michoacán lo adoran, pero en la Ciudad de México a Vasco de Quiroga aun le debemos un reconocimiento a su labor; o, ya de perdida, evocarlo con estas palabras.

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