Línea 12, obra inconclusa

FOTOGRAFÍAS: RICARDO CRUZ

Es costumbre antigua de los políticos mexicanos hacer grandes ceremonias ante obras inconclusas. Lo hizo Porfirio Díaz en septiembre de 1910 al colocar la primera piedra del Palacio Legislativo, el cual debió haberse terminado por esas fechas, como un monumento más para celebrar el Centenario de la Independencia, pero nunca se concluyó y décadas después fue convertido en el Monumento a la Revolución. Lo mismo ocurrió con Miguel Alemán al encabezar una ceremonia de dedicación de Ciudad Universitaria el 20 de noviembre de 1952, pocos días antes de que terminara su sexenio, aunque el campus estuvo completamente listo hasta marzo de 1954.
El 30 de octubre pasado el aún jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, inauguró la Línea 12 del Metro (hasta el momento no sabemos cuáles son la 10 y la 11), que ese mismo día inició actividades. El resultado al final de la jornada: el colapso de esta nueva red de transporte subterráneo.



Lo bueno

Empecemos por lo que resalta a primera vista, lo que se anunció a la prensa con bombo y platillo: una obra pública de grandes dimensiones con instalaciones de primer nivel para discapacitados e invidentes, paredes de vidrios relucientes (aunque a los pocos días ya estaban empañados y será muy complicado limpiarlos, si es que tienen pensado hacerlo), infraestructura pulida y brillante, elevadores, pisos rechinantes, diseño pulcro, luminoso y abierto (que incluye una vista a las entrañas del sistema subterráneo a mitad del transborde de Zapata, dirección Indios Verdes), amplios andenes, señalizaciones eficaces, cero vendedores ambulantes…

Y claro, los trenes a todo dar, asientos cómodos, tubos plateados, pantallas en los vagones, aire acondicionado que sí funciona, música relajante (clásica, instrumental y villancicos para la temporada), como de sala de espera, para atajar el estrés. Todo tan limpio, tan chulo y tan nuevo que da gusto ir en Metro, en especial en vagones con nombres como Ricardo Legorreta, Teodoro González de León, Mario Molina, Carlos Fuentes o Elena Poniatowska, que además incluyen una pequeña semblanza de su respectivo homenajeado al inicio del primer vagón.


Lo malo

El colapso en el primer día de operaciones era totalmente previsible. Las autoridades capitalinas debieron haber tenido en cuenta que diariamente cientos de miles de personas se dirigen de la zona de Tláhuac hacia el centro o el poniente de la ciudad, por lo que al inaugurarse la Línea 12 no iban a desaprovechar la oportunidad de evitar el tráfico para llegar a su destino.
Así, el problema que desde un inicio debió plantearse era cómo atender la gran demanda de los usuarios de la Línea Dorada y evitar que se quedaran atorados en alguna estación en espera de la llegada del tren o que no pudieran abordar debido a la saturación de los vagones. Sin duda, la espera de los trenes (en promedio de cinco minutos, pero que puede llegar hasta diez o incluso quince) es el principal problema que presenta la Línea Dorada, y a más de un mes de inaugurarse todavía no se ha solucionado, lo que ha derivado en el molesto apretujamiento de personas al abordar los vagones. Aunque se han prometido más trenes para aquilatar esta situación, no se ha dicho cuándo ni en cuántos se aumentará su número, lo que sí se sabe es que ¡urgen!

Tampoco se ha pensado en cómo hacer para que los montones de gente no colapsen las estaciones de transborde (Atlalilco, Ermita, Zapata y Mixcoac), algunas ya de por sí saturadas. En resumen, ¿cómo solucionar el conflicto que se crea al sumar a miles y miles de personas al sistema de transporte del Metro?
Otras fallas importantes se deben a la urgencia por entregar la obra antes de que Ebrard terminara su gobierno. A lo largo de la Línea 12 se pueden ver escaleras eléctricas descompuestas, las novedosas bandas transportadoras (en el transborde de Atlalilco) sin funcionar, escombros y desechos arrinconados, elevadores que se no pueden usar, fachadas sin pintar, baños sin abrir, detalles inconclusos, listones de plástico amarillos y bloques naranjas que impiden el paso.

Lo feo

La famosa Tarjeta del Distrito Federal, que serviría para ingresar al Metro y al Metrobús, presentó fallas en la Línea 12. La novedosa tecnología no cumplió su función y algunos usuarios tuvieron que comprar más de dos tarjetas para ingresar a sus estaciones, porque desde el inicio se anunció que no aceptaría boletos de cartón.
Los largos transbordes son una queja frecuente de los usuarios de la Línea Dorada, en especial cuando no funcionan las escaleras ni las bandas eléctricas. Esta molestia se ha tratado de aminorar con las plantitas (de plástico) y las pantallas gigantes (apagadas o en una intermitencia de líneas verdes de un grotesco futurismo) que colocaron en algunos puntos, pero no han logrado gran cosa.


Colofón

Al final, hay Metro nuevo pero los paseantes siguen siendo los mismos. Obreros, oficinistas, estudiantes y profesionistas; aquellos que se echan un coyotito, los que leen, los que absortos escuchan música, los de la mirada perdida…

Se nota, sin embargo, una pequeña transformación: ya no se quedan callados. Las bocinas en los vagones advierten que los asientos reservados son exclusivamente para personas de la tercera edad, discapacitadas y embarazadas o con bebés en brazos. Por supuesto, hay quien no lo respeta, pero varias veces me ha tocado ver que le reclaman al señor, a la joven o al muchacho que deje sentar a la persona que va parada –bien agarrada a los tubos– y lo necesita más que ellos. Otro ejemplo: cuando el tren se detiene por varios minutos, sale de los altavoces una voz suave, de mujer: “En breve continuaremos con la marcha del tren. Por su comprensión, gracias”; pero hay quien replica: “¿Gracias por qué? Pues no nos queda otra. ¡Ya ni la chingan!”

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