Guillermo Haro: el sacerdote del telescopio

GUILLERMO HARO, CA. 1967. CORTESÍA DE ELENA PONIATOWSKA

GUILLERMO HARO, CA. 1967. CORTESÍA DE ELENA PONIATOWSKA

Nombrado por Alfonso Reyes “sacerdote del telescopio”, Guillermo Haro Barraza nació el 21 de marzo de 1913 en la ciudad de México. Reconocido como el fundador de la astronomía moderna en nuestro país, llevó a cabo una extensa labor para lograr que la ciencia mexicana fuera considerada de primer mundo.

Aunque deseaba dedicarse a los estudios filosóficos, cuando tenía veintiocho años encontró su verdadera vocación gracias a que en 1941 conoció a Luis Enrique Erro, quien lo invitó a trabajar como ayudante en la instalación del observatorio astrofísico de Tonantzintla –en la sierra de Puebla–, que se inauguró el 17 de febrero de 1942 con la presencia del presidente Manuel Ávila Camacho.

Después de dos años en el observatorio de la Universidad de Harvard, su esmero en el estudio y su contacto con destacados científicos estadounidenses, Haro se convirtió en un elemento fundamental del nuevo recinto astronómico mexicano y se hizo cargo de la cámara Schmidt –que permite abarcar un amplio campo visual– adquirida por el gobierno especialmente para Tonantzintla.

Durante varias décadas México sólo contó con el Observatorio Astronómico Nacional de Tacubaya –perteneciente a la UNAM–, para entonces dirigido por Joaquín Gallo. A la salida de éste, en 1949 el rector Salvador Zubirán nombró en su lugar a Guillermo Haro, quien alternó su trabajo científico entre la capital y Puebla, hasta que en 1951 se convirtió en director del observatorio de Tonantzintla, en sustitución de Erro.

Haro fue un descubridor de astros. En 1949, a la par que el estadounidense George Herbig, halló lo que después se llamarían objetos Herbig-Haro, relacionados con la formación de estrellas. Además de encontrar novas, supernovas y cometas, en 1956 reveló la existencia de galaxias de color muy azul que también fueron bautizadas con su nombre. En 1959 se dio a la tarea de identificar estrellas “enanas blancas” (similares al sol pero en decadencia) y las T-Tauri (objetos jóvenes parecidos al sol). Gracias a sus reconocidos estudios y destacada trayectoria, en 1986 recibió el premio Lomonosov de la URSS, un tipo de Nobel de astronomía.

Con el objetivo de alcanzar la trascendencia que logró la astronomía indígena, Haro impulsó la ciencia en México no sólo con el intercambio de ideas y la creación de instituciones científicas (como el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica), sino también a través del apoyo a jóvenes para especializarse y adquirir en el extranjero la experiencia y los conocimientos que aquí faltaban. Considerado por sí mismo como “un astrónomo de muy buena estrella”, Haro estaba seguro de que la ciencia y la educación eran fundamentales para acabar con el atraso y la pobreza en México.

Después de una existencia dividida entre el cielo y la tierra, Haro murió el 26 de abril de 1988, pero su legado perdura a través del tiempo. Además de astros, Guillermo Haro cuenta con dos calles que llevan su nombre. En la ciudad de México, por el rumbo de Santa Fe, se halla una vía que le hace homenaje, pero es en Mazatlán donde se encuentra con su medio natural, en una colonia plena de grandes pensadores y científicos como Copérnico, Humboldt, Pitágoras, Kepler, Einstein, Heráclito y Galileo.


Una primera versión de este texto se publicó en el número 35 de Relatos e historias en México.

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