Los baches que la lluvia nos dejó

FOTO: MERCED ADAME

En esas épocas encharcadas, de chipi-chipi y tormentones y chubascos y chaparrones y trombas y diluvios, de días grises y caras empapadas, de calles fangosas y puercas, de banquetas anegadas y coladeras tapadas, de avenidas que parecen literalmente arroyos, y no vehiculares… en esa temporada en la que el agua retoma sus antiguos dominios –cuando Tláloc era el mero-mero–, salen a relucir aquellos viejos conocidos: los baches, esas fallas asfálticas que a más de mil han hecho reconvenir el camino, volantear de improviso, mostrar su destreza de piloto de la Fórmula 1 y, si se es menos afortunado, más bien apretar los dientes, cerrar los ojos, fruncir el ceño y aguantar el golpe seco de las llantas contra el suelo inclemente, o de plano –si ese día la nube de la mala suerte, y de la lluvia, te persiguen– ver que tu automóvil no avanza más porque se ha quedado atorado en un tremendo agujero del que sólo una buena grúa y un mar –perdonen la metáfora acuática, pero es necesaria– de paciencia lo podrán sacar, y entonces no queda más que esperar como princesa de cuento de hadas a que vayan en tu salvación y tengas, por fin, un final feliz y punto y aparte, como lo ponemos en este momento a este párrafo de suyo infeliz.
                                           

FOTO: CARLOS MERCADO RIVERA

FOTO: EDMUNDO PONCE

Y mañana será otro día.

Es lo único que te queda pensar ante desdichada jornada. Pero uno que es criticón y siempre quiere nadar a contracorriente (aunque no por las mugrosas aguas urbanas), cavila y se cuestiona por qué año con año pasa lo mismo, por qué cada temporada lluviosa los pequeños y los grandes y los gigantes hoyos surgen del pavimento como si fueran flores al comenzar la primavera. Es, pues, la temporada de baches, esa especie de fauna en esta selva de concreto que siempre llega con puntualidad inglesa.

Y uno piensa –malpensado como es– que por qué las autoridades capitalinas no han creado –o buscado siquiera– una solución a este mal que afecta no sólo a automovilistas, también a motociclistas, bicicleteros y peatones que no se salvan de caer en los infames hoyos negros del agua encharcada.

Porque lo único que han ideado las autoridades de la capital del país para “combatir” los baches es acusarlos (“ahí está, mire lo que me hizo”), o sea, denunciar al gobierno local por los daños causados por esas fallas en la infraestructura pública, las cuales –hay que decirlo– no existirían si el echado de la carpeta asfáltica estuviera mejor planeado y ejecutado. Lo que es decir que los baches no son minúsculos “desastres naturales” ocasionados por las lluvias, sino que se pueden evitar con buenas obras de pavimentación.

Pero, como casi siempre, se atacan las consecuencias, no las causas, y por eso uno puede denunciar al gobierno porque un bache se le metió en el camino, eso sí, con fotos, evidencias del daño causado y declaración ante el H. Ministerio Público, y esperar unos seis meses a que respondan si procede tu denuncia y te pagan los daños o te quedas igual que al comienzo (para este tiempo ya tuviste que arreglar el auto por tu cuenta o ir al médico para ver lo de tu cuello torcido por el bachazo). Por su parte, el GDF promueve una aplicación prácticamente inútil llamada 072Móvil (en Android) para reportar baches, entre otras cosas, y la cual opera ineficazmente (no se puede uno registrar, se cierra inesperadamente) y además pide enviar una foto y tu posición según el GPS de tu teléfono para reportar el bache, algo casi imposible cuando caes en un bache, pues lo último que quieres es regresarte y tomarle foto (menos si está lloviendo), o no te puedes ni siquiera detener porque es una vía rápida o un puente o ya vas al trabajo…

Entonces, ¿cuándo un plan para evitar los baches en una urbe digna de llevar el título de “Ciudad Capital”, como quiere el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera?

FOTO: MERCED ADAME
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Días nefastos: la Ciudad de México en 1915

Tropas constitucionalistas arriban a la Plaza de la Constitución, agosto de 1915 / IMAGEN EN: GUSTAVO CASASOLA, HISTORIA GRÁFICA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA, T. 3, MÉXICO, TRILLAS, 1973

Entre 1914 y 1915 la capital de México sufrió como en mucho tiempo no lo había hecho. Aunque no había sido escenario de cruentas batallas como las que se libraron en el norte del país y el Bajío, la guerra de las facciones revolucionarias causó hambre, pobreza e inseguridad entre los habitantes de la urbe.

Aquella mañana del 2 de agosto de 1915, cuando el general Pablo González, al mando del Ejército de Oriente, entró a la Ciudad de México, el ambiente era, más que de alegría, de incertidumbre y desánimo.

Y es que no ha de haber sido fácil padecer una guerra en la que cualquiera podía acostarse sabiendo que los convencionistas (zapatistas y villistas) tenían el control de la plaza y luego despertar con la noticia de que ahora los carrancistas gobernaban el destino de la capital; además de la especulación mercantil derivada de la circulación de diversos tipos de monedas emitidas por las distintas facciones y el consiguiente encarecimiento de la vida. En esta revolución, la Ciudad de los Palacios y sus habitantes quedaron en medio de la disputa por el poder. Se vivía, además, un ambiente de anarquía en el que se podía esperar cualquier cosa, y la famosa Banda del Automóvil Gris hacía de las suyas sin que nadie pudiera ponerle un límite.Tres semanas antes de que el general González entrara a la capital, prometió a sus pobladores terminar con el desabasto de alimentos y castigar “a todos los que todavía pretendan obstruir su sana labor de paz”; además decretó el “restablecimiento del Poder Judicial, institución que hará respetar y hará respetable la vida” y se comprometió a restablecer “el orden en México y sus garantías a todos sus habitantes”; para finalizar señaló: “Aconsejo sean respetuosos de las leyes, amigos del orden y auxiliares del Ejército Constitucionalista, que con ello harán fáciles las obras de Paz y Reconstrucción Nacionales”. Era, pues, la entrada definitiva de los carrancistas a la Ciudad de México.

A partir de entonces ya no habría más gobiernos efímeros, ni entradas o salidas constantes de tropas. Los constitucionalistas habían llegado para quedarse en el poder. Sin embargo, tendrían que pasar aún varios meses para que los pobladores y las autoridades encontraran un remanso de paz y pudieran comenzar la reestructuración de la urbe, después de la desarticulación del sistema de abastecimiento de alimentos, derivada del mal funcionamiento de los ferrocarriles –utilizados principalmente para la guerra–, las numerosas tierras que estaban sin producir y los conflictos agrarios que surgieron; además de la exorbitante alza de precios, pues algunos productos como el maíz y el frijol aumentaron su costo hasta 1200 por ciento debido a las prácticas monopólicas y el caos monetario.

Pero sobre todo, los capitalinos padecieron el hambre, esa hambre que obliga a echarse al plato a animales domésticos como gatos, a comer bolas de masa de maíz insípidas, a vagabundear entre las huertas en busca de algún vegetal comestible, a buscar entre los desperdicios; esa hambre que en 2013 muchos siguen padeciendo y aún se puede ver con frecuencia entre las calles de esta capital.

Fuerzas constitucionalistas en Paseo de la Reforma, agosto de 1915 / IMAGEN EN: GUSTAVO CASASOLA, HISTORIA GRÁFICA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA, T. 3, MÉXICO, TRILLAS, 1973

La antigua Universidad

MANUEL MURGUÍA, LA ANTIGUA UNIVERSIDAD, LITOGRAFÍA, 1880
Entre los siglos XVIII y XIX, el edificio que albergó a la Real y Pontificia Universidad de México, creada en 1551, se encontraba en lo que hoy es la esquina de las calles Corregidora y Erasmo Castellanos Quinto, en el Centro Histórico de la capital mexicana. Para llegar a ese recinto del saber virreinal, estudiantes y profesores podían cruzar por el mercado del Volador, que se encontraba a un costado; en parte de lo que fuera ese tradicional espacio hoy se erige el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la esquina de Corregidora y Pino Suárez, a un lado de Palacio Nacional.
 
Poco después de consumarse la independencia y hasta mediados del siglo XIX, en el patio de ese edificio se ubicó la famosa estatua ecuestre de Carlos IV (“El Caballito”), de la autoría de Manuel Tolsá, la cual después de adornar el Paseo de la Reforma, pasó a la plaza que lleva el nombre de ese escultor y arquitecto español, frente al Museo Nacional de Arte, sobre la calle de Tacuba, donde hasta el día de hoy se puede admirar.
 
J. RUELAS, INTERIOR DE LA EX-UNIVERSIDAD, LITOGRAFÍA, 1900
Luego de que la Real y Pontificia Universidad fuera clausurada debido al empuje de las ideas liberales, en la década de 1860 el gobierno de Benito Juárez asignó el inmueble a la Sociedad Filarmónica Mexicana y al Conservatorio Nacional de Música. 
 
CONSERVATORIO NACIONAL DE MÚSICA, CA. 1900, SINAFO, CONACULTA-INAH-MEX
Fue hasta el siglo XX, en 1908 para ser exactos, en el marco del proyecto de la nueva universidad nacional impulsada por Justo Sierra, que la construcción empezó a ser derruida. En 1910 ya no quedaba rastro alguno de su existencia. En parte del espacio donde estuviera aquella real y pontificia institución hoy se levanta un Burger King.
Lo que sobrevive de ese edificio de la antigua Universidad de México es una de sus portadas de estilo churrigueresco, la cual fue trasladada a la puerta principal del antiguo colegio de San Pedro y San Pablo, hoy Museo de las Constituciones, el cual se puede visitar en la calle del Carmen esquina con San Ildefonso.
MUSEO DE LAS CONSTITUCIONES DE LA UNAM, CON LA PORTADILLA DEL EDIFICIO DE LA ANTIGUA UNIVERSIDAD DE MÉXICO / FOTOGRAFÍA: RICARDO CRUZ, 2013