Un proyecto integral para el cerro de la Estrella

¿EL CERRO SE TRANSFORMA?
FOTOS: RICARDO CRUZ
Con el episodio de los perros “asesinos” del cerro de la Estrella, en Iztapalapa, dos cosas quedaron claras: la negligencia de las autoridades para dar con los responsables de los asesinatos de cinco personas (entre ellas un menor de un año ocho meses) y la urgencia de un proyecto integral para el rescate del cerro que considere sus diversas funciones como centro de convivencia, reserva ecológica que contribuye a mejorar la calidad del aire que respiramos, gimnasio público, lugar de esparcimiento y recreación, sitio histórico y cultural, entre otras.

UN VERDADERO PERRO SALVAJE (DE ÁFRICA)

Y es que resulta absurdo pensar que la ciudadanía se va a creer el cuento de los perros “salvajes” (así se difundió en el boletín de prensa de la Procuraduría General de Justicia del DF y, lamentablemente, así fue retomado por muchos medios de comunicación) que matan gente. En primera, hay una confusión de términos, ya que los perros salvajes son más reconocidos como una especie de cánidos (parecidos a las hienas) propia de África. Pero los de Iztapalapa no son más que perros callejeros (nacidos o que crecieron en esa área) o abandonados (por sus dueños en ese lugar) que tenían por hábitat el cerro de la Estrella y que crearon cierto modo vida que los había llevado a vivir en manada (tampoco eran una jauría, como se difundió).

Tengo más de veinte años yendo a pasear, a correr o a admirar el cerro de la Estrella y nunca he sufrido ataque alguno de perros. He visto que viven en manada y se esconden en parajes poco transitados, que se muestran agresivos ante otros perros que no son de su clan (más cuando hay una hembra en celo), pero nunca que dañen a humanos. Los que he visto que atacan a personas siempre van con sus dueños imprudentes que no saben controlarlos.

Ha pasado más un mes del primer supuesto ataque canino y el gobierno de la capital aún no tiene respuesta sobre los asesinatos. Aún no queda totalmente descartada para la PGJDF su hipótesis depresentar a los perros como “presuntos culpables”, pero por el momento ya fueron dados en adopción los cachorros que se dedujo no habían tenido nada que ver con las muertes. Asimismo, muchos han acusado denegligencia a las autoridades porque no pueden dar con los responsables. De cualquier modo: ¿de qué delito se les acusa a los canes? ¿Hay algún código penal que los considere? ¿Qué pena les van a aplicar según la ley?

Si desde el principio hubieran mostrado un poco de pericia criminalística y no elegido el camino más fácil (y la prueba más evidente: las mordidas) y el que les ahorrara tiempo y esfuerzo para dar con los delincuentes, estaríamos hablando de un verdadero equipo anti crimen. Sin duda, a la PGJDF y a los ministerios públicos les falta profesionalización y al parecer les da pereza investigar a fondo los hechos y acusar con argumentos sólidos. Tan solo se podría haber planteado una hipótesis (además de la básica de que los perros hubieran llegado después de que las personas murieran): que alguien azuzó a los animales para atacar, ya que a los canes que viven en la calle no les da por agredir a la gente, más bien son sumisos.


ZONA ACORDONADA POR LAS AUTORIDADES EN EL CERRO DE LA ESTRELLA


Ahora resurgió otro problema que también lleva décadas arrastrando la capital: el control canino. Las organizaciones en defensa de los animales tienen años pidiendo que los antirrábicos se conviertan en centros de control canino cuyo fin no sea cazar perros callejeros y después matarlos, sino concientizar a los dueños de lo que implica tener uno para que no sean abandonados y realizar campañas de esterilización para evitar que este tipo de animales (también un problema de higiene pública) siga proliferando en la Ciudad de México. Veremos si ahora sí se toman cartas en el asunto.


Por un proyecto integral

Pero vayamos a otro tema, quizá más importante: el cerro de la Estrella necesita un proyecto de rescate integral urgente. Una de las principales razones por las que pueden amanecer personas muertas dentro de él o en sus alrededores es que no hay un control de acceso. Desde hace tiempo diversos actores y organizaciones han propuesto cercar el cerro y poner casetas de vigilancia, pero las autoridades locales han hecho caso omiso. El cerro de la Estrella está abierto a cualquier hora, para todas las personas y para realizar cualquier cosa en su terreno, ¡cualquier cosa! Eso es lo que el gobierno del DF ha omitido mencionar, aunque ése sea el principal problema, ya que hay al menos cinco entradas sin ninguna restricción y sus famosas cámaras de vigilancia no han llegado a esos lares, además de que por dentro del cerro se puede ingresar a una bodega de tubos de drenaje viejos semiabandonada, en donde se podría realizar cualquier cosa sin ser visto y quizá tampoco escuchado. 

BASURA EN EL CERRO DE LA ESTRELLA


Cabe decir que lo anterior también se relaciona con el viejo conflicto agrario (unos dicen que viene desde el cardenismo) con los ejidatarios que dicen ser dueños de parte del cerro y cuyas tierras colindan justo con la región donde aparecieron los cuerpos, el cual tampoco se ha tenido la voluntad de solucionar. A esto se añade la invasión de los llamados paracaidistas y el avance de la mancha urbana, lo que no permite definir de manera precisa el límite del cerro de la Estrella y, por lo tanto, cercarlo y controlar el acceso a él.


BODEGA DE TUBOS SEMIABANDONADA EN EL CERRO DE LA ESTRELLA


Debido a esta falta de control hay gente que va a tirar su basura, animales muertos que van desde gatos hasta caballos (una vez  me tocó ver uno sin vísceras ni patas), cascajo y desechos de todo tipo. Por esa misma razón pueden verse al interior del cerro automóviles particulares (cuando sólo está permitido acceder por las vías pavimentadas y no a las áreas verdes), carreras de caballos, decenas de botellas, papas y bebidas alcohólicas como si el día anterior hubiera habido fiesta, y hasta empaques de sildenafil (sustancia activa del Viagra) usados… Todo esto nos da una idea de la escasa regulación en el cerro de la Estrella y de la falta de un eficaz sistema de seguridad que proteja a quienes lo visitan o viven cerca de ahí, y lo cual se ha tratado de olvidar con unos perros asesinos.


GENÉRICO DEL VIAGRA EN EL CERRO DE LA ESTRELLA


Esperemos que haya la voluntad de las autoridades federales, capitalinas y delegacionales para arreglar estos y otros tantos lastres que desde hace años viene cargando el cerro de la Estrella y se propongan rescatarlo de manera integral. El delegado de Iztapalapa, Jesús Valencia, ha anunciado que tiene un proyecto para este pulmón de la capital y ya se han empezado a ejecutar obras tan fáciles de llevar a cabo pero que sólo después de los muertos se decidieron a hacerlas (limpiar las entradas, aplanar la tierra, pintar las bardas y acondicionar la casetita que desde hace años era sólo un cuarto en obra gris), las cuales se agradecen, pero son superficiales y no van al fondo; además, aún no se conoce dicho proyecto. Algunas bardas de este antiguo volcán ya lucen la frase “El cerro de la Estrella se transforma”, pero ¿en qué sentido? Queremos y exigimos saberlo. Ahora les toca responder a las autoridades, es su deber informarnos qué piensan hacer con este espacio público.

LA CASETA QUE POR AÑOS ESTUVO ABANDONADA EN EL CERRO DE LA ESTRELLA, AHORA LUCE RECIÉN REMODELADA Y PINTADA

LAS AUTORIDADES LOCALES DEBEN  INFORMAR HACIA DÓNDE SE DIRIGE LA SUPUESTA TRANSFORMACIÓN DEL CERRO DE LA ESTRELLA

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Línea 12, obra inconclusa

FOTOGRAFÍAS: RICARDO CRUZ

Es costumbre antigua de los políticos mexicanos hacer grandes ceremonias ante obras inconclusas. Lo hizo Porfirio Díaz en septiembre de 1910 al colocar la primera piedra del Palacio Legislativo, el cual debió haberse terminado por esas fechas, como un monumento más para celebrar el Centenario de la Independencia, pero nunca se concluyó y décadas después fue convertido en el Monumento a la Revolución. Lo mismo ocurrió con Miguel Alemán al encabezar una ceremonia de dedicación de Ciudad Universitaria el 20 de noviembre de 1952, pocos días antes de que terminara su sexenio, aunque el campus estuvo completamente listo hasta marzo de 1954.
El 30 de octubre pasado el aún jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, inauguró la Línea 12 del Metro (hasta el momento no sabemos cuáles son la 10 y la 11), que ese mismo día inició actividades. El resultado al final de la jornada: el colapso de esta nueva red de transporte subterráneo.



Lo bueno

Empecemos por lo que resalta a primera vista, lo que se anunció a la prensa con bombo y platillo: una obra pública de grandes dimensiones con instalaciones de primer nivel para discapacitados e invidentes, paredes de vidrios relucientes (aunque a los pocos días ya estaban empañados y será muy complicado limpiarlos, si es que tienen pensado hacerlo), infraestructura pulida y brillante, elevadores, pisos rechinantes, diseño pulcro, luminoso y abierto (que incluye una vista a las entrañas del sistema subterráneo a mitad del transborde de Zapata, dirección Indios Verdes), amplios andenes, señalizaciones eficaces, cero vendedores ambulantes…

Y claro, los trenes a todo dar, asientos cómodos, tubos plateados, pantallas en los vagones, aire acondicionado que sí funciona, música relajante (clásica, instrumental y villancicos para la temporada), como de sala de espera, para atajar el estrés. Todo tan limpio, tan chulo y tan nuevo que da gusto ir en Metro, en especial en vagones con nombres como Ricardo Legorreta, Teodoro González de León, Mario Molina, Carlos Fuentes o Elena Poniatowska, que además incluyen una pequeña semblanza de su respectivo homenajeado al inicio del primer vagón.


Lo malo

El colapso en el primer día de operaciones era totalmente previsible. Las autoridades capitalinas debieron haber tenido en cuenta que diariamente cientos de miles de personas se dirigen de la zona de Tláhuac hacia el centro o el poniente de la ciudad, por lo que al inaugurarse la Línea 12 no iban a desaprovechar la oportunidad de evitar el tráfico para llegar a su destino.
Así, el problema que desde un inicio debió plantearse era cómo atender la gran demanda de los usuarios de la Línea Dorada y evitar que se quedaran atorados en alguna estación en espera de la llegada del tren o que no pudieran abordar debido a la saturación de los vagones. Sin duda, la espera de los trenes (en promedio de cinco minutos, pero que puede llegar hasta diez o incluso quince) es el principal problema que presenta la Línea Dorada, y a más de un mes de inaugurarse todavía no se ha solucionado, lo que ha derivado en el molesto apretujamiento de personas al abordar los vagones. Aunque se han prometido más trenes para aquilatar esta situación, no se ha dicho cuándo ni en cuántos se aumentará su número, lo que sí se sabe es que ¡urgen!

Tampoco se ha pensado en cómo hacer para que los montones de gente no colapsen las estaciones de transborde (Atlalilco, Ermita, Zapata y Mixcoac), algunas ya de por sí saturadas. En resumen, ¿cómo solucionar el conflicto que se crea al sumar a miles y miles de personas al sistema de transporte del Metro?
Otras fallas importantes se deben a la urgencia por entregar la obra antes de que Ebrard terminara su gobierno. A lo largo de la Línea 12 se pueden ver escaleras eléctricas descompuestas, las novedosas bandas transportadoras (en el transborde de Atlalilco) sin funcionar, escombros y desechos arrinconados, elevadores que se no pueden usar, fachadas sin pintar, baños sin abrir, detalles inconclusos, listones de plástico amarillos y bloques naranjas que impiden el paso.

Lo feo

La famosa Tarjeta del Distrito Federal, que serviría para ingresar al Metro y al Metrobús, presentó fallas en la Línea 12. La novedosa tecnología no cumplió su función y algunos usuarios tuvieron que comprar más de dos tarjetas para ingresar a sus estaciones, porque desde el inicio se anunció que no aceptaría boletos de cartón.
Los largos transbordes son una queja frecuente de los usuarios de la Línea Dorada, en especial cuando no funcionan las escaleras ni las bandas eléctricas. Esta molestia se ha tratado de aminorar con las plantitas (de plástico) y las pantallas gigantes (apagadas o en una intermitencia de líneas verdes de un grotesco futurismo) que colocaron en algunos puntos, pero no han logrado gran cosa.


Colofón

Al final, hay Metro nuevo pero los paseantes siguen siendo los mismos. Obreros, oficinistas, estudiantes y profesionistas; aquellos que se echan un coyotito, los que leen, los que absortos escuchan música, los de la mirada perdida…

Se nota, sin embargo, una pequeña transformación: ya no se quedan callados. Las bocinas en los vagones advierten que los asientos reservados son exclusivamente para personas de la tercera edad, discapacitadas y embarazadas o con bebés en brazos. Por supuesto, hay quien no lo respeta, pero varias veces me ha tocado ver que le reclaman al señor, a la joven o al muchacho que deje sentar a la persona que va parada –bien agarrada a los tubos– y lo necesita más que ellos. Otro ejemplo: cuando el tren se detiene por varios minutos, sale de los altavoces una voz suave, de mujer: “En breve continuaremos con la marcha del tren. Por su comprensión, gracias”; pero hay quien replica: “¿Gracias por qué? Pues no nos queda otra. ¡Ya ni la chingan!”

El viejo pueblo de Ixtacalco

Entre caminos frondosos, aguas apacibles, chalupas y un paisaje excepcional, pasear por Ixtacalco era un placer en el siglo XIX. Esta vez rescatamos una crónica del escritor Manuel Payno, en la que evoca lo que era aquella región atravesada por el canal de la Viga y el alborozo provocado en los días de fiesta del pueblo

Habrán visto nuestros lectores, la manera como se fundó la gran ciudad, cómo estaba cuando la conquistaron los españoles, y cómo se fue formando la nueva capital después de la conquista. Desde esa época a la fecha, todo lo antiguo se puede decir que ha desaparecido, y no quedan más que algunos vestigios, que se perderán enteramente en pocos años. Sin embargo, en los pueblos pequeños de Santa Anita e Ixtacalco, hay algo que recuerda las épocas de los reyes y emperadores mexicanos.

Ixtacalco, que viene de las voces mexicanas tlali ompaatl, que significa “tierra en el agua”, e ixtlacalli, Casa Blanca, está situado rumbo al S. E., a distancia de una legua, o poco más de la capital, en las orillas del ancho canal que comunica la laguna de Chalco con la de Tezcuco. Ambos pueblos, que en su totalidad se componen de población indígena, se puede asegurar que a poco más o menos están lo mismo que en tiempo de la conquista. Unas casas son de adobe, otras de carrizos, y muy pocas de cal y piedra. Todos los habitantes son propietarios de pequeños terrenos, que con carrizos y capas de tierra vegetal, han formado sobre las aguas del canal; de suerte, que como islas flotantes, pueden ser trasportados con facilidad de un lugar a otro. En estos terrenos, que se llaman chinampas, siembran todo el año flores y hortalizas. En algunas estaciones del año, nada hay más pintoresco que estos pueblecillos retratados en las claras aguas del canal y rodeados de isletas, las unas cubiertas de fragantes rosas de Castilla, las otras de claveles y azucenas, las más lejanas de rojas amapolas y de olorosos chícharos. Repentinamente dos indios, embarcados en una canoa pequeña, tiran con un cable y se llevan a remolque, para colocarla en otro paraje, una isla entera llena de flores o de legumbres.

El que haya ojeado la historia antigua de este país, tan interesante y tan poética, puede fácilmente, cuando se halla en Ixtacalco, figurarse en su imaginación lo que sería esta ignorada Venecia del Nuevo Mundo, no sentada entre las hirvientes olas de la mar, sino reposando tendida como una ondina entre las aguas azules y apacibles de los lagos, y entre las variadas flores y arbustos de que estaban llenas las islas.

Este canal, estas chinampas, este pueblecillo, siempre húmedo y frondoso, es lo que más llama la atención de los extranjeros instruidos, que no dejan de admirar esta agricultura sencilla y primitiva, y esta antigua invención de los jardines flotantes, dignos de los pueblos más adelantados en la civilización. Los indígenas que habitan estos pueblos, siembran casi en todas las estaciones del año, flores y verduras, y las vienen a vender a la ciudad, conduciéndolas por el canal, en unas chalupas muy pequeñas. Según los cálculos hechos por algunas personas curiosas, el sólo valor de las flores, pasa en cada año de 12 000 pesos. La población de los dos pueblecillos llegará en el día a 1 500 habitantes.

Durante los meses de la primavera, y especialmente en el Viernes de Dolores y Semana Santa, el canal de la Viga se cubre de chalupas y canoas llenas de flores, y las chinampas quedan por algunos días marchitas y eriazas; pero a poco vuelven a tapizarse de esa primorosa alfombra, con que la naturaleza sabe cubrir la tierra, y el comercio continúa por algunos meses.

Santa Anita e Ixtacalco, son los paseos favoritos de la gente del pueblo. En la estación propia, que comienza el primer domingo de Cuaresma, y concluye en la Pascua de Espíritu Santo, todos los días festivos se dirigen las gentes en bandadas al embarcadero de la Viga. En una canoa se colocan hasta cincuenta hombres y mujeres, sentados en los bordes. El centro lo ocupan tres o cuatro músicos, y una o dos parejas de bailadoras, que alternan el jarabe, el palomo, el artillero, y otros sonecillos del país, como se dice generalmente. A veces la mitad de los pasajeros cantan y acompañan a los músicos. Una vez que las gentes llegan al pueblo, se reparten en las chozas de los indios, y precisamente han de comer tamales, pato, o cualquiera otra cosa. En cuanto a bebida, se puede asegurar que ninguno deja de tomar un vaso de pulque. Al oscurecer regresan todas las canoas, y las mujeres y los hombres vuelven a su casa con una corona de rosas o de amapolas. Entretanto, la gente del pueblo olvida en aquellos momentos su condición y su miseria; la aristocracia, en soberbios carruajes, recorre fantástica y rápida aquellas calzadas espaciosas que están junto al canal, y goza del húmedo ambiente de las aguas, y de la escena soberbia que presenta el ancho valle de México, cuando el sol se pone detrás de las montañas, y tiñe, con una tinta rosada, la alta y solitaria cumbre de los volcanes.



Esta litografía de Casimiro Castro retrata el puente utilizado para cruzar el canal de la Viga a la altura del pueblo de Santiago y la iglesia de San Matías, construida a mediados del siglo XVI. En este vínculo se aprecia la vista actual del lugar –en la esquina de calzada de la Viga y Santiago, en el tradicional barrio de la Asunción, delegación Iztacalco–, donde aún se pueden ver la plaza, el templo y un kiosco que al parecer sustituyó a la fuente decimonónica.



* El texto y la imagen provienen de la obra: México y sus alrededores. Colección de monumentos, trajes y paisajes dibujados al natural y litografiados por los artistas mexicanos C. Castro, J. Campillo, L. Auda y G. Rodríguez, México, Establecimiento Litográfico Decaen, 1864.