El origen de Santa Fe

ALONSO DE SANTA CRUZ (ATRIBUIDO), MAPA DE UPPSALA (DETALLE), CA. 1550-1555. BIBLIOTECA CAROLINA REDIVIVA DE LA UNIVERSIDAD DE UPPSALA, SUECIA
ALONSO DE SANTA CRUZ (ATRIBUIDO), MAPA DE LA CIUDAD DE MÉXICO (DETALLE), CA. 1550-1555. BIBLIOTECA CAROLINA REDIVIVA DE LA UNIVERSIDAD DE UPPSALA, SUECIA

Imaginemos que en 1532, a dos leguas (unos nueve kilómetros) hacia el poniente de la capital de Nueva España, entre lomas, barrancas, llanuras de tierra fértil, cuevas y agua abundante, se concreta una utopía –que en ese momento deja de serlo–: Santa Fe de México, el primer “hospital-pueblo” fundado por don Vasco de Quiroga.

En febrero de ese año, al oeste del cerro de Chapultepec, Vasco de Quiroga comenzó a comprar terrenos baldíos con sus ahorros y el sueldo que recibía como oidor, otros tantos le fueron donados, y entonces consiguió voluntarios indígenas para erigir las casas y la capilla que habrían de formar el nuevo hospital-pueblo.

Los primeros pobladores fueron parejas de jóvenes indígenas provenientes de Texcoco, recién conversos y matrimoniados conforme al ritual cristiano; más tarde llegaron a establecerse mexicas y otomíes. Santa Fe de los Altos –como le llamaron para diferenciarlo de Santa Fe de la Laguna, en Michoacán– en un principio albergó 120 familias y para 1557 ya contaba con más de 300 y casi dos mil habitantes (algunos calculan que su población alcanzó las 30 mil personas).

En Santa Fe todos conocían la agricultura desde niños porque era el medio de subsistencia fundamental, durante una jornada de seis horas sembraban frutas, hortalizas, maíz y trigo; aprendían oficios para ser autosuficientes; se enseñaba a leer y a escribir, canto y música; se daba tiempo para la recreación, el descanso y las fiestas, aunque no para el ocio insano; contaban con un hospital para atención de enfermos, casa-cuna y casa de huéspedes para viajeros. Todo aquel que llegaba al hospital-pueblo era atendido como de la familia; aquel que hacía mal, fuese borracho o muy perezoso, era expulsado.

El principal objetivo de Santa Fe era “civilizar” por medio de la fe católica, enseñar la doctrina basada en la caridad, la justicia, la misericordia y el desarrollo comunitario del pueblo que en conjunto era considerado una familia de iguales que se respetaban y vivían para cuidarse a ellos mismos.

Tata Vasco

ANÓNIMO, VASCO DE QUIROGA, SIGLO XVIII. PARROQUIA DE PÁTZCUARO, MICHOACÁN

ANÓNIMO, VASCO DE QUIROGA, SIGLO XVIII. PARROQUIA DE PÁTZCUARO, MICHOACÁN

El licenciado Vasco de Quiroga (1488-1565) había arribado al Nuevo Mundo una mañana de enero de 1531, como oidor (juez) de la Segunda Audiencia (gobierno de transición que antecedió al Virreinato), encargada de estudiar el territorio conquistado, escuchar los problemas de los nativos y proponer soluciones justas para restablecer el orden y acabar con los abusos y la avaricia de sus antecesores guiados por Nuño de Guzmán, el sustituto de Hernán Cortés al frente de la administración de la Nueva España.

Al llegar a estas tierras, Vasco de Quiroga encontró que los indígenas eran tratados como esclavos, despojados violentamente de sus bienes y vistos como seres inferiores, por lo que en agosto de 1531 propuso al Consejo de Indias fundar un lugar que favoreciera su desarrollo íntegro.

Los ideales de Vasco de Quiroga se enmarcaban en la decadencia del cristianismo europeo y su necesidad de reforma, la Utopía de Tomás Moro y la esperanza en una edad de oro cuyo campo de cultivo era la recién descubierta América: “Con mucha causa y razón este de acá se llama Nuevo Mundo […], porque es en gentes y en casi todo como fue aquel de la edad primera y de oro; [de los indígenas] se espera una muy grande y muy reformada Iglesia”.

Don Vasco admiró la sencillez de los indígenas, la humildad y la falta de codicia –en contraste con los españoles–, así como “el menosprecio de las cosas que tanto ama y quiere la gente de este nuestro mundo envejecido”. También vio en ellos una gran capacidad de adaptación y facilidad de aprendizaje; en cambio criticó su pereza y despreocupación, por lo cual planteó la educación, el amor al trabajo y la enseñanza de un oficio como solución.

La comprensión del otro fue su principio: entender la cultura nativa y su forma de apreciar la vida, aprender su lengua, tratarlos como iguales; pensó en una mezcla de valores que reunía lo bueno y desterraba lo malo tanto de los indígenas como de los europeos. Contrario a los primeros conquistadores, no quiso imponer nada por la fuerza, sino inculcar por medios pacíficos la fe cristina.

A finales de 1533 Vasco de Quiroga dejó la capital de la Nueva España, su modelo de hospital-pueblo lo trasladó a Michoacán y dejó en funciones su obra en la ciudad de México, que unos años después ya tenía enemigos que ambicionaban Santa Fe por ser una región rica en recursos naturales, que además se conducía de manera un tanto independiente de la autoridad virreinal.

El legado

Pero ¿qué nos ha dejado de ese pueblo el tiempo y el progreso voraz de la ciudad de México? ¿Qué nos queda de la época del llamado Tata Vasco y su primera obra en la Nueva España? En una barranca olvidada de la delegación Álvaro Obregón pervive la “ermita del bosque” –fundada en tiempos en que Vasco de Quiroga estuvo en Santa Fe–, donde se oraba y practicaba la vida contemplativa. Los restos de la capilla, ubicada a un costado de la parroquia de La Asunción (en el cruce de las calles Galeana y Corregidora), es un patrimonio histórico que las autoridades locales habían prometido entregar restaurado –con el apoyo del INAH– y abierto al público para enero de 2010.

ERMITA DE SANTA FE, CIUDAD DE MÉXICO

ERMITA DE SANTA FE, CIUDAD DE MÉXICO

¿Qué nos queda? El nombre de una calle, el origen de un pueblo hundido en la mancha urbana. Nos queda sólo la memoria: por eso ahora hablamos de Santa Fe de México y evocamos a su fundador: don Vasco de Quiroga.

Para conocer más:

  • Francisco Miranda, Vasco de Quiroga, varón universal, México, Jus, 2007
  • Vasco de Quiroga, La utopía en América, México, Promo Libro, 2003

Una primera versión de este texto se publicó en el número 35 de Relatos e historias en México.

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Días nefastos: la Ciudad de México en 1915

Tropas constitucionalistas arriban a la Plaza de la Constitución, agosto de 1915 / IMAGEN EN: GUSTAVO CASASOLA, HISTORIA GRÁFICA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA, T. 3, MÉXICO, TRILLAS, 1973

Entre 1914 y 1915 la capital de México sufrió como en mucho tiempo no lo había hecho. Aunque no había sido escenario de cruentas batallas como las que se libraron en el norte del país y el Bajío, la guerra de las facciones revolucionarias causó hambre, pobreza e inseguridad entre los habitantes de la urbe.

Aquella mañana del 2 de agosto de 1915, cuando el general Pablo González, al mando del Ejército de Oriente, entró a la Ciudad de México, el ambiente era, más que de alegría, de incertidumbre y desánimo.

Y es que no ha de haber sido fácil padecer una guerra en la que cualquiera podía acostarse sabiendo que los convencionistas (zapatistas y villistas) tenían el control de la plaza y luego despertar con la noticia de que ahora los carrancistas gobernaban el destino de la capital; además de la especulación mercantil derivada de la circulación de diversos tipos de monedas emitidas por las distintas facciones y el consiguiente encarecimiento de la vida. En esta revolución, la Ciudad de los Palacios y sus habitantes quedaron en medio de la disputa por el poder. Se vivía, además, un ambiente de anarquía en el que se podía esperar cualquier cosa, y la famosa Banda del Automóvil Gris hacía de las suyas sin que nadie pudiera ponerle un límite.Tres semanas antes de que el general González entrara a la capital, prometió a sus pobladores terminar con el desabasto de alimentos y castigar “a todos los que todavía pretendan obstruir su sana labor de paz”; además decretó el “restablecimiento del Poder Judicial, institución que hará respetar y hará respetable la vida” y se comprometió a restablecer “el orden en México y sus garantías a todos sus habitantes”; para finalizar señaló: “Aconsejo sean respetuosos de las leyes, amigos del orden y auxiliares del Ejército Constitucionalista, que con ello harán fáciles las obras de Paz y Reconstrucción Nacionales”. Era, pues, la entrada definitiva de los carrancistas a la Ciudad de México.

A partir de entonces ya no habría más gobiernos efímeros, ni entradas o salidas constantes de tropas. Los constitucionalistas habían llegado para quedarse en el poder. Sin embargo, tendrían que pasar aún varios meses para que los pobladores y las autoridades encontraran un remanso de paz y pudieran comenzar la reestructuración de la urbe, después de la desarticulación del sistema de abastecimiento de alimentos, derivada del mal funcionamiento de los ferrocarriles –utilizados principalmente para la guerra–, las numerosas tierras que estaban sin producir y los conflictos agrarios que surgieron; además de la exorbitante alza de precios, pues algunos productos como el maíz y el frijol aumentaron su costo hasta 1200 por ciento debido a las prácticas monopólicas y el caos monetario.

Pero sobre todo, los capitalinos padecieron el hambre, esa hambre que obliga a echarse al plato a animales domésticos como gatos, a comer bolas de masa de maíz insípidas, a vagabundear entre las huertas en busca de algún vegetal comestible, a buscar entre los desperdicios; esa hambre que en 2013 muchos siguen padeciendo y aún se puede ver con frecuencia entre las calles de esta capital.

Fuerzas constitucionalistas en Paseo de la Reforma, agosto de 1915 / IMAGEN EN: GUSTAVO CASASOLA, HISTORIA GRÁFICA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA, T. 3, MÉXICO, TRILLAS, 1973

De cómo se anda en bicicleta en esta Ciudad de México III

Calaveras bicicleteras, por José Guadalupe Posada*

De cómo se anda en bicicleta en esta Ciudad de México y de las aventuras y dificultades que se experimentan durante la hazaña

Es mi deber explicar que, lamentablemente, hace años –podría pensarse siglos– que no andaba en bicicleta. Tal vez esa fue la causa de la parálisis piernuda, de la fatiga extrema, de los quejidos, de eso que podríamos llamar casi una derrota.

Estacioné el vehículo, puse la cadena enredada al pedazo de fierro que funciona como ancla para evitar el hurto, y como ranchero monta camellos, caminé con mucho trabajo, las piernas como compás y acalambradas, pero pude llegar a mi clase en la Universidad.

Dirán: ¡qué trágico!, o ¡qué cómico!, o ¡qué menso! ¿Cómo se le ocurre? Pero aquí no acaba este relato. Después de la clase, alguien –suponte una buena amiga– se percató de que mi chamarra estaba enlodada de la parte de la espalda, porque –olvidé comentarlo– la bici no tiene salpicaderas y –también esto se me pasó– un día antes había caído una fuerte lluvia sobre la Ciudad de México, así que las tiras de lodo eran una consecuencia de mi falta de equipo bicicletero.

Y aquí debo confesar algo: después de mis clases, ya no quería regresar a casa en el velocípedo. Intenté todo para evitarlo: echar el armatoste (eso me parecía para este momento) sobre el vocho de un compañero, dejarlo en un cubículo de la facultad, prestárselo a alguien para que me lo regresara una semana después…

Comenzó a llover, el asunto empeoró y no quedó de otra que volver a mi casa sobre la bici, con los siguientes resultados: unos tenis azules empapados y envueltos en una mezcla de lodo, mugre y sudor; un pantalón de mezclilla mojado de la mitad para abajo; un rompevientos otrora blanco con una gran mancha café (se fue directamente a la lavandería); unos lentes viscosos, repletos de residuos de agua de lluvia; una cabellera encrespada, hecha un caos (por decir lo menos); unas manos temblorosas, unos párpados caídos, la mirada perdida, el abdomen dolorido, las piernas sin conexión con su dueño: un cuerpo macilento, abatido, exhausto.

En fin, quiero decir que esto, antes que una crónica, es una advertencia para el lector atento: no practique esta actividad sin la supervisión de un profesional, la experiencia descrita es avalada por expertos de la velocidad y la adrenalina sobre dos ruedas; no se le ocurra intentarlo, en especial durante la temporada de lluvias.

De cualquier modo, ¿quién se atreverá a hacerlo después de lo aquí contado?

O quién sabe: uno se impone retos en la vida…

 Calaveras bicicleteras, por José Guadalupe Posada*

*Ilustraciones: Tomado de Posada, grabador mexicano, España: RM-Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, 2008.