El camino hacia la santidad de Juan de Palafox y Mendoza

ANÓNIMO, JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA, SIGLO XVII. MUSEO NACIONAL DEL VIRREINATO, CONACULTA-INAH

ANÓNIMO, JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA, SIGLO XVII. MUSEO NACIONAL DEL VIRREINATO, CONACULTA-INAH

No todos los procesos de beatificación se realizan de manera expedita. El caso de Juan de Palafox y Mendoza, arzobispo de México y virrey de Nueva España en el siglo XVII, es una muestra de lo prolongado (más de tres siglos) que puede ser el trámite para que alguien sea declarado beato por el Vaticano y, por lo tanto, los fieles católicos estén autorizados para rendirle culto.

  • 1659. 1 de octubre. Muere Juan de Palafox y Mendoza en El Burgo de Osma, provincia de Soria, España.
  • 1666. Comienza el proceso de beatificación por iniciativa de la diócesis de Osma.
  • 1694. Se reúnen un total de 185 cartas postulatorias que atestiguan la fama de santidad y los milagros de Palafox.
  • 1698. El general de la Compañía de Jesús, Tirso de González, consigue impedir la introducción de la causa.
  • 1700-1701. Fallecen los impulsores del proceso, el papa Inocencio XII y Jaime de Palafox y Cardona, obispo de Sevilla, lo cual dilata el trámite.
  • 1726. Se introduce el expediente en la Congregación de Ritos, siendo papa Benedicto XIII.
  • 1777. 28 de enero. En una Congregación, Palafox obtiene 26 votos favorables y 15 en contra; sin embargo, el papa Pío VI difiere la promulgación del decreto sobre sus virtudes heroicas.
  • 1786. Pío VI concede la celebración de una nueva Congregación General que no logra reunirse debido a circunstancias políticas: Revolución francesa, exilio de los Papas y unificación italiana.
  • 1852. Pío IX intenta reanudar el proceso, pero de nuevo no se puede reunir la Congregación.
  • 1998. 20 de febrero. Se presenta nuevamente la positio en la Congregación para las Causas de los Santos; se juzga oportuno posponer su examen.
  • 2003. 6 de junio. El obispo de Osma-Soria, Francisco Pérez, entrega un documento donde acredita que la fama de santidad de Palafox nunca se ha interrumpido, a pesar de los obstáculos para su beatificación.
  • 2004. 27 de enero. Se aprueba la positio presentada desde 1998.
  • 2009. 17 de enero. Benedicto XVI declara venerable a Juan de Palafox y Mendoza y reconoce sus virtudes cristianas heroicas. Se procede al examen de los presuntos milagros que se requieren para su beatificación.
  • 2009. 26 de febrero. La consulta médica declara inexplicable la curación, ocurrida el 29 de noviembre de 1766, del párroco español Lucas Fernández de Pinedo, quien padecía tuberculosis (enfermedad incurable en aquella época) y se había preparado para morir; le llevaron una reliquia de Palafox y se encomendó a él, después se quedó dormido y sus malestares desaparecieron instantáneamente.
  • 27 de junio. El congreso de los consultores teólogos da su opinión favorable.
  • 8 de febrero. La congregación de cardenales y obispos se pronuncia unánimemente a favor del milagro.
  • 27 de marzo. El papa Benedicto XVI aprueba la promulgación del decreto sobre el milagro.
  • 3 de junio. Se da a conocer la fecha en la que será beatificado Juan de Palafox y Mendoza: 1 de mayo de 2011.
  • 2011. 14 de enero. El Vaticano anuncia la conveniencia de trasladar la ceremonia a otra fecha, debido a que para el 1 de mayo también se había autorizado la beatificación de Juan Pablo II.
  • 17 de enero. Se autoriza la beatificación de Juan de Palafox y Mendoza para el 5 de junio.
  • 5 de junio. Rito de beatificación del Venerable Palafox.

FUENTE: Jesús Alonso Romero, “Historia del proceso”, en www.beatopalafox.es

Publicado en el número 34 de Relatos e historias en México.

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LOS MAPAS DE UN NUEVO MUNDO

 La cuenca de México en 1519 (detalle)
Arqueología Mexicana, núm. 86, julio-agosto 2007
Los mapas antiguos nos ofrecen una visión de cómo era el lugar que ahora habitamos, esa región que transformamos en una “ciudad monstruosa”, como diría José Emilio Pacheco. La historia de los primeros mapas que registraron y delimitaron el territorio de lo que fue, primero, Tenochtitlan, luego la capital de la Nueva España y finalmente la Ciudad de México (feamente llamada Distrito Federal) es casi secreta.



Un mapa sirve para conocer un nuevo mundo, establecer sus límites y regiones, explorarlo y descubrirlo. Nos da una visión del territorio, indica cuál es el centro del poder, los recursos con que cuenta, tipos de vivienda, número aproximado de pobladores, el grado de desarrollo de una ciudad.


No se sabe de ninguna cartografía prehispánica, lo cual no implica que los mexicas no las elaboraran, pues seguramente fueron destruidas junto con decenas de códices después de la conquista española.


El mapa más antiguo conocido del Valle de México es el llamado Nuremberg, atribuido a Hernán Cortés, conservado en la Biblioteca del Congreso en Washington. Trazado apenas tres años después de la caída de Tenochtitlan, en 1524, en el dibujo podemos observar el territorio originalmente lacustre (¿y todavía nos preguntamos por qué suceden frecuentes inundaciones?), un templo central y edificios rodeados de agua por todos lados, entre canales distribuidores del líquido, lancheros que además de trasladar personas, pescan su alimento y cazan aves, así como largas calzadas que llevan a tierra firme y verdosa. Aunque no es una versión exacta de lo que eran estos lares hace 500 años, da pie a que imaginemos con más precisión aquella metrópoli.

 
Mapa de Nuremberg, atribuido a Hernán Cortés, 1524

Un trazo más preciso se elaboró cerca de 1550. Hallado entre las pertenencias de Alonso de Santa Cruz (1505-1567) después de su muerte, en el dibujo destaca la iglesia de Tlatelolco, cuyo colegio, fundado en 1536, figuró como el centro de estudios más importante de la ciudad con maestros como Bernardino de Sahagún y Toribio de Benavente “Motolinía”.

Mapa de Uppsala, 1550

Con calles, plazas, iglesias, cerros, lagos, edificios, centros de población, personas trabajando, animales y hasta plantas, el mapa fue producido probablemente por los alumnos del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, de origen indígena pero educados por los conquistadores, lo cual explica que cuente con símbolos prehispánicos y españoles. El documento lo alberga la biblioteca de la Universidad de Uppsala, Suecia; no se sabe cómo llegó hasta allí, pero en 1880 fue “descubierto” entre sus archivos. El Museo de la Ciudad de México cuenta con una reproducción y científicos de la Universidad de Helsinki lo reconstruyeron digitalmente para ponerlo a disposición del público y navegar a través de él.

En 1554, Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo oficial de la corte de Carlos V, encargado de la relación geográfica de los nuevos territorios conquistados, elaboró un mapa de México-Tenochtitlan (resguardado por la Biblioteca Nacional de Madrid), basado en el de Uppsala e incluido en su obra Islario general de todas las islas del mundo. En aquel tiempo, la región era considerada una isla, la “Venecia de América”. La cuenca de México también llamó la atención del geógrafo italiano Giovanni Battista Ramusio, quien en 1556 publicó –justamente en Venecia– el mapa “La citta de Temistitlan”.

 
La citta de Temistitlan, Giovanni Battista Ramusio, 1556

Trescientos años más tarde, Casimiro Castro plasmó en una litografía, que no es propiamente un mapa, la capital y su desarrollo en 1856. Tomada desde un globo, la imagen nos indica que la ciudad –como lo hizo durante mucho tiempo–, apenas abarca lo que hoy es el Centro Histórico y sus alrededores (Xochimilco, Iztapalapa y Coyoacán estaban muy retirados); la urbe ya cuenta con una plaza central, grandes avenidas y monumentos. Los volcanes y cerros cubren el fondo del paisaje limpio y solitario.

La Ciudad de México tomada en globo, Casimiro Castro, 1856

Una mañana de mayo de 2010, desde el segundo piso de mi casa, miro hacia el horizonte y los cables de la luz me impiden ver más allá de la lámpara, volteo pero no tengo mejor suerte: el cuarto de tabiques sin pintar de la vecina me impide tener una vista panorámica de la ciudad. Para hacer un mapa de la Ciudad de México podría subir a la cima del Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, pero el esfuerzo se vería frustrado por la capa gris que cubre la capital casi todos los días del año.


Lo que fue una cuenca, es ya una megalópolis que no podría ser trazada geográficamente por un solo individuo como se hacía hace cinco siglos; recorrer a pie y con la vista la mancha urbana, captar una imagen general de ella, es, bajo estas circunstancias, una tarea temeraria, incluso loable, pero imposible. 


Como consuelo, de vez en cuando podemos admirar un arcoíris sobre un cielo mugroso.