Réquiem por Lalo Tex

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El lunes 18 de enero de 2016 al navegar en la red me encontré con un cartel que anunciaba el inicio de algo que nunca empezó: la gira de treinta años de trayectoria artística del grupo de rock Tex-Tex. Horas más tarde recibí la llamada de un amigo. El motivo, triste y desdichado: el Muñeco Mayor, vocalista y guitarrista de la banda, dejaba este mundo, tal vez para iniciar una vida entre castillos españoles.

De 56 años de edad, Everardo Mujica, nombre constatado en el acta de nacimiento del mejor conocido como Lalo Tex, era un hombre muy mexicano. Podría decirse que era un paradigma del macho mexicano moderno (aunque no era tan joven). Un personaje seguro de sí mismo, talentoso y con una habilidad para resultar familiar y agradable a cualquier persona que lo conociera. No por nada tuvo el bien ganado apodo de “el Ricky Martin del Rock”.

Tuve la fortuna de saludarlo un par de veces, yo como fanático de la agrupación y él en la posición de estrella de rock. Ese día me dio un par de consejos domésticos para que la pareja nunca se negara al acto del amor. Recuerdo que me dijo: “Luego dicen que uno es mandilón, pero la neta hay que llevar el gasto porque después te niegan aquellito y ahí es cuando se sufre, por eso es mejor llevar la fiesta en paz, aunque los demás crean que tú no mandas”.

Ese acercamiento fue en un concierto en las Islas de Ciudad Universitaria. Yo tenía 15 años y le pedí un autógrafo. Él tomó el papel, lo rayó con su pluma y con una sonrisa me entregó la rúbrica. No era la primera vez que veía una presentación de Tex-Tex en vivo, pero en esa ocasión me di cuenta que una persona puede tener tanta gracia que después de contar el mismo chiste veinte veces sigue arrancándote una carcajada.

A principios de los años ochenta del siglo pasado, el rock en México entró en una etapa “oscura”. No había muchas bandas y no había lugares donde tocar; los hoyos funkies habían quedado atrás y para ningún empresario era prioridad este género. Pero a mediados de esa década surgieron jóvenes con mucho talento que con el tiempo consolidaron una carrera y han posicionado temas en la mente de muchos mexicanos. En esos años se compusieron canciones como “Morenaza” de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, o “Mátenme porque me muero” de Caifanes. También en ese tiempo los hermanos Mujica, provenientes de Tlaxcala, iniciaron su carrera musical como Tex-Tex.

Ver a una agrupación de rock subir al escenario con sombreros y botas al estilo de los intérpretes de canciones gruperas llenaba de dudas y curiosidad sobre lo que uno estaba a punto de presenciar. Sin embargo, lo mejor del espectáculo era que, al frente de esa banda, un hombre lleno de carisma regalaba alegría al público.

Lalo era un hombre sincero y así lo plasmaba en cada una de sus composiciones. Le hablaba a la gente sobre cosas cercanas y cotidianas, y la hacía reírse de su realidad. Le compuso canciones al artesano de la construcción, al amigo, a la amante, a la esposa, a la niña desubicada, al viejo rabo verde, a las paredes, a la masturbación, a los Reyes Magos, a la muerte, al vago, al desaparecido, al contrabandista, al alcohol, al dinero y a todo aquello con lo que vivimos a diario. Eso sí, siempre lograba arrancarnos una sonrisa, por más tristes que pudieran ser los temas de sus rolas.

Verlo en vivo era una catarsis única. Una experiencia que me dejó marcado en uno de sus conciertos fue hace alrededor de once años, en las canchas próximas a la Facultad de Ciencias de la UNAM, en Ciudad Universitaria. El cartel anunciaba varias bandas, pero pocas se presentaron, así como pocos fuimos los asistentes (tal vez porque la fecha del cartel estuvo equivocada; no sé ni cómo me atreví a ir). Éramos unas diecisiete personas frente al escenario. Al término de dos canciones y tres chascarrillos, había un grupo de unas ocho personas que escuchaban desde la puerta del foro. Lalo, con su estilo bromista, les dijo que no fueran tacaños y pagaran su entrada al concierto. Tras un par de canciones más, el grupo ya era como de doce. Entonces, Lalo sacó 100 pesos de su cartera y les dijo: “Ya no sean así, hagan la vaca para juntar aunque sea otros 50 pesos para que los dejen pasar. Yo les coopero estos 100”. La entrada costaba 25 pesos, pero a los organizadores no les importó: tomaron los 150 pesos y dejaron pasar a todos los escuchas distantes. Con esa acción, Lalo me dejó la enseñanza de que para disfrutar el rock no es necesario pretender vivir de él, sino dejar que el rock viva de nosotros.

La partida del Muñeco deja muerta una parte esencial del rock mexicano. Ya no está más entre nosotros ese personaje que rompió barreras, que subió al escenario principal del Vive Latino, del Auditorio Nacional, del Multiforo Alicia, de los bares y explanadas municipales, que alternó con bandas de todos los géneros derivados del rock, que colaboró con infinidad de artistas, que fue sincero.

El rock mexicano le debe mucho a Lalo Tex y estoy seguro que la historia no le quedará a deber. Eso sí, “en vida, señores, tiene que ser en vida, de nada sirven las flores en una tumba vacía y fría”, como decía cuando sonaba la canción “Castillos españoles”. Muñeco: sin duda nos vamos a acordar de ti…

Arturpunk @arturpunk